La instalación de la perfección empieza por decirles que son los mejores y que están hechos para lo más grande, por eso están en el mejor colegio, para que logren entrar en la mejor universidad y por supuesto les pedimos las mejores notas.  También les inscribimos en  clases extracurriculares por las tardes o en vacaciones porque, desde nuestra perspectiva de competitividad, siempre  necesitarán  aprender algo más. Y además, con ánimo decimos, mi hijo es el más inteligente, es el mejor de la clase, es el preferido del profesor. Lo hacemos porque eso nos hace sentir orgullosos y está bien.  Sin embargo, en la interpretación del niño, ser el “mejor” se convierte en  la oportunidad de tener la atención sus papás y asegurarse  que ellos estén orgullosos de él.  En realidad, el niño no quiere ser el mejor, solo  quiere ser amado y aceptado por sus papás y hace lo que, entiende, debe hacer  para lograrlo.  En este caso, exigirse todo lo que pueda  de sí, para lograr que estén orgullosos de él.

Si a esta necesidad de aprobación en casa le sumamos un espacio social donde aprendemos a que necesitamos destacarnos de alguna manera y estar en el eslabón más alto de cualquier campo,  la ecuación que se instala en la mente del niño es de perfección.

El estándar establecido por el padre más  el deseo del hijo de ser aceptado  equivale, en la práctica, a  sobresalir en los estándares sociales o por lo menos cumplir los establecidos.  La consigna es tener que ser el mejor.

Sé que para muchos padres esta es la ecuación ideal, pues el éxito pide altas dosis de exigencia.  Sin embargo, es importante entender que este camino está lleno de inseguridades, falta de disfrute, estrés, miedo a cometer errores y vivir con el miedo al fracaso.

La perfección o el cumplimiento de altos estándares en una situación  de todo o nada;  es un camino a la insatisfacción y no a ser suficientemente buenos nunca.  Según Tal Ben-Shahar PH.D en psicología de la U. de Harvard la perfección puede guiarnos a “baja autoestima, trastornos de la alimentación, depresión, ansiedad, trastorno obsesivo-compulsivo, trastornos psicosomáticos entre otros y a una tendencia paralizante que guía hacia la procastinación”. Es decir, a la parálisis del miedo.

Pero el componente más complicado de todo esto, es que el niño trata de cumplir estándares que no son lo suyos y decide no perder tiempo explorando, creando, analizando y atreviéndose a nuevas cosas. Este tipo de experiencias no funcionan para niños presionados a ser siempre los mejores, pues  estos no son  caminos lineales de crecimiento; caminos llenos de errores e intentos, y aunque esto es lo finalmente hace parte del verdadero aprendizaje, el niño lejos de ver   la oportunidad de aprender, sólo ve la paralizante posibilidad de fracasar, y por consiguiente y acorde a   su interpretación, a no generar el orgullo de sus papás y por lo tanto no ser amado.

La perfección se le convierte entonces en un enemigo que le roba la posibilidad de estar en paz con su propia naturaleza que es la de poseer unos talentos propios (únicos) que pueden ir mejorando con exploración, práctica y aprendizaje y los cambia por conseguir un estándar social establecido, lleno de miedo a fallar.  El niño deja de lado la creatividad y la exploración que son caminos, hoy comprobados, como ideales para el desarrollo personal y el aprendizaje.

Al hacer el análisis de personas comprometidas con el mejoramiento y la excelencia, que de hecho son más exitosas que las perfeccionistas,  se ha determinado que  son más eficientes pues van con el flujo de la vida y errar es para ellos una oportunidad de crecimiento, así que su hacer no está paralizado por el miedo a fallar.  Para aquel que vive en al camino del mejoramiento, el fracaso no existe, por eso siempre intenta de nuevo, pero para el perfeccionista el fracaso es el 50% de la posibilidad y esa idea lo congela y lo lleva a no actuar para no  llegar a ser  juzgado por su resultado.

Como lograr entonces que el niño pueda ver la realidad de la vida con la ambición del mejoramiento y no con el miedo paralizante de fallar:

-          Descubra el potencial de su hijo, jugando con él. . Explore lo que le gusta en lugar de exigirle que cumpla los estándares de normalidad que hemos creado los adultos.  Piense que el estándar le roba la oportunidad de reconocer si tiene una tendencia sobresaliente.

-          Esté atento, en usted y en él, a las siguientes tendencias: la obsesión de hacerlo todo perfecto, no aceptar sugerencias, vivir a la defensiva, lastimarse con palabras o golpearse si falla en algo. Perder se le convierte en una catástrofe, no puede reconoce cuando  está mejorando.  Se burla de los que pierden, tiene  la meta como único objetivo, o define  a la gente como ganadores y fracasados.

-          Enséñele a ver los pequeños logros y a sentirse orgulloso por cada paso de mejoramiento que va dando.  Hágalo usted también, celebre sus pequeños logros.

-          Ayúdele a definir pequeños pasos y los estándares a los que quiere llegar teniendo en cuenta sus capacidades iniciales.  Es importante entender cuándo se sentirá satisfecho con el talento desarrollado y que no para todo querrá ser experto.

-          Enséñele que ser mejor es diferente a ser perfecto.  Qué es muy diferente pensar  “puedo aprender” a ”soy un fracasado”.  Enséñele q que es mejor un pequeño logro a no hacer nada por miedo a no hacerlo bien. .  Hágale entender que buscar nuevas posibilidades le da más sentido que abandonar porque no se es bueno para algo.

-          Déjele saber que lo quiere y está orgulloso de él, aun cuando no sea medalla de oro, becado o presidente estudiantil.

-          Acéptelo como es, no trate de hacer de él lo que usted cree que es lo mejor.  Confíe en que su hijo tiene sus propios talentos y un tipo de inteligencia que puede ser diferente a la suya. Acompáñelo y anímelo a explorar quién es.

Y finalmente hágase esta pregunta crucial todos los días: ¿Para mi hijo quiero la vida de la carrera del éxito sin tregua y llena de insatisfacción? o la satisfacción diaria porque cada vez es mejor haciendo lo que ama?

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