Diariamente los padres nos preguntamos si estamos educando bien o no a nuestros hijos. Si les estamos dando un buen ejemplo y si éste les ayuda a su futuro. Así elegimos los valores que son importantes para nosotros y basados en ellos actuamos de cierta manera para darles ejemplo, con nuestra mejor intensión.

Sin embargo, en el actuar del día a día, se ocultan actitudes, comportamientos, palabras y acciones que practicamos inconscientemente, que aprendimos sin darnos cuenta de nuestros padres y antepasados, y que nuestros hijos desde pequeños han visto y aprendido a diario. No solo porque su neurocorteza (hasta cierta edad) no está desarrollada del todo para filtrar dichas actitudes, palabras o creencias con criterio, sino porque las están recibiendo de sus referentes más confiables: sus padres. Así aprenden todo esto, como actitudes, comportamientos y prácticas válidas y los adaptan a su personalidad a través de sus propias interpretaciones.

Esta cascada de prácticas que viene desde los más antiguos ancestros, y que es una huella de comportamiento familiar y cultural, la llamo “genética histórica” porque es parte de nuestra vida, nuestra familia, nuestras costumbres, y pareciera que estuviéramos “condenados a repetirlas”, y destinados a enseñárselas a nuestros hijos para que ellos se la enseñen a sus hijos. La razón por la cual esto sea así, es que estos patrones están inmersos en nuestros comportamientos, forman parte de nuestros hábitos y por ende están en nuestra zona de transparencia, es decir, que no somos consientes de cuándo decidimos hacerlos nuestros o de cuándo lo aprendimos, solo sabemos que los aprendimos viendo, oyendo y a fuerza de practicar recurrentemente historias de familia.

Al ser hábitos positivos no hay razón para preocuparnos de hacerlos por impulso, pero cuando el hábito que les estamos “heredando” tiene que ver con una adicción, un desorden alimenticio, con sostener relaciones disfuncionales, o con simples hábitos menores de los cuales no nos hemos podido deshacer por más que hemos tratado, la situación cambia.

Entonces, la pregunta por hacer es: ¿Se pueden reconocer y cambiar dichos hábitos? claro que sí. Hay algunos muy evidentes y fáciles de identificar y son aquellos que observamos a simple vista todos días y que no nos gustan, ya sean nuestros o de nuestros padres (es importante saber que un hábito que no nos gusta en otra persona, es muy posible que lo tengamos nosotros mismos). Hay otros, que no vemos tan claros porque están arraigados en nosotros y forman parte de nuestro repertorio de acciones, y se han incorporado en la memoria de nuestro cerebro sin darnos cuenta a fuerza de la práctica diaria.

Tanto los primeros como los segundos, pueden ser cambiados y la manera de hacerlo es es:

1) Reconocer el hábito, es decir: saber que lo tengo y aceptarlo.

2) Sacarlo de la transparencia: admitir que no somos consientes de que lo hacemos pero que sí decidimos actuar de una manera o de otra. Que cada uno de nuestros actos es una decisión consciente o inconsciente de nuestro cerebro.

3) Revisarlo: preguntarnos por qué procedemos de esta manera: ¿por qué actúo o reacciono así / por qué mi hijo actúa o reacciona así?, ¿De dónde viene esta actitud? ¿Para qué lo hago/ para qué lo hace? ¿Qué me ocasiona a mí y qué le ocasiona a él? Esto nos permite ver nuestros defectos con compasión y aceptar, que como humanos, podemos tener actitudes que no son fáciles para nosotros ni para los otros, y viceversa.

4) Revisar la “herencia”: esto es definir de quién lo pudimos haber aprendido, identificar si es una característica propia o aprendida de padres, abuelos u otro familiar. En este análisis, es importante tener en cuenta que las interpretaciones que hacemos cuando somos niños, sobre los actos de los mayores, son fundamentales pues podemos decidir copiar el comportamiento o declarar que tendremos el comportamiento opuesto.

5) Decidir cambiar: una vez aceptado el hábito, es importante declarar con convicción que vamos a cambiarlo. Y con convicción significa dos cosas: a) decidir cambiar porque es importante para mí y para las relaciones con mis hijos y, b) creer que puedo cambiar el hábito que me afecta.

Mirar con atención nuestras actitudes, aceptarlas y determinar cómo queremos modificarlas nos permitirá el siguiente paso, que es diseñar nuevas acciones que nos permitirán desaprender y cambiar. Cuando estemos en el proceso de cambio, es recomendable abrir la conversación con una persona de confianza que nos ayude en dicho proceso. Un testigo que cuando nos vea repitiendo la acción, nos haga caer en cuenta de lo que estamos haciendo. No con el juicio de que estamos cometiendo el error, sino ayudándonos cariñosamente a generar conciencia de que lo hacemos de manera transparente, hasta que seamos capaces de traerlo a la conciencia y decidir actuar de una manera diferente.

En este punto del cambio, es definitivo tenerse y tenerle amor y compasión a quienes han decidido tomar acciones para cambiar, pues podemos volver fácilmente a nuestros antiguos hábitos. Solo a través del actuar en el tiempo lograremos avanzar en el nuevo aprendizaje.

Es cierto que parte de las actitudes “negativas” de nuestros hijos están siendo generadas por lo que aprendieron de nosotros, la buena noticia es que al ser comportamientos creados, pueden cambiarse, transformarse, rediseñarse y así liberarnos de patrones

familiares que no queremos, declarar nuevos futuros, sanar dolores generacionales y abrir nuevos espacios de comunicación y acción con nuestros hijos, permitiéndoles así, a las nuevas generaciones, crear sus patrones y escribir su propio futuro.

Tagged with →  
Share →